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De camino…hacia algo mejor


Es una tarde lluviosa; la lluvia comienza a caer y no mucho después amenaza con convertirse en tormenta.

Uno pudiera pensar que esto es normal, ya que el verano está a punto de terminar, pero ayer, fue un día lleno de luz y el sol irradiaba su brillo. Esto es Chicago, la ciudad de clima más impredecible que jamás he conocido. Estoy sentada en la lluvia, observando las gotas golpear contra la ventana, y agradezco a Dios por estar aquí resguardado y no afuera empapándome.

Estoy sobre un tren rumbo al centro de la ciudad donde voy a la escuela; pero hoy llegaré tarde. El tren ha decidido detener su ruta y permanecer en la estación debido al intenso granizo la tormenta trajo consigo. El tren no seguirá hasta que el conductor diga que está bien. No estoy molesta, porque sé que el profesor entenderá la razón de mi tardanza, y algunos de mis compañeros estarán en la misma situación. Parece que estaré aquí por un largo tiempo y puedo ya sea, o ver mi celular, o puedo leer un libro que llevo en la mochila o bien puedo enfocarme en pensamientos, los cuales en vez de convertirse en menos frecuente conforme adquiero más edad, multiplican con cada nueva experiencia y generan más preguntas que respuestas.

Escojo la tercera opción. El análisis comienza con mi destino: mi escuela. ¿Cómo es que me encuentro en el último semestre de un colegio comunitario, a punto de transferir a una universidad de cuatro años y en una ciudad que estaba tan lejos de mis planes de vida? Aunque Chicago siempre ha sido parte de mí porque aquí nací has 20 años, la idea de dedicarme a un título universitario en esta ciudad no parecía factible debido a que crecí en otro país.

Soy hija de padres mexicanos quienes me llevaron a México cuando era muy pequeña. Nunca presté mucha atención a lo que me ligaba a los Estados Unidos, pero cuando decidí venir acá a estudiar, mi mundo cambió por completo. Nueva gente, nuevas calles, nueva comida, todo nuevo. Pronto aprendí que no sólo era mexicana pero México-Americana y, sobre todo, Latina. Con esa marca, con el inglés como mi segunda lengua, y en una tierra extraña, comencé a adaptarme a un modo de vida no conocido.

En la escuela por supuesto, conocí a personas de mi misma raza, pero contrastando conmigo, la mayoría de sus memorias se habían formado en la nación de las barras y las estrellas. Muchos de ellos sin embargo, eran tratados como extranjeros porque no recibían apoyo financiero (becas) para cubrir sus gastos escolares. Irónicamente, yo, quien en verdad no me sentía Americana, tenía todo eso cubierto porque tengo un papel que dice que soy Americana. Para pagar sus deudas, estos estudiantes tienen que tomar cualquier trabajo que pueden encontrar, por lo menos a tiempo parcial, y es así como me familiaricé con la profunda y marcada cultura laboral entre los jóvenes. Algo que hace algunos años atrás consideraba una cosa de adultos o reservado para aquellos que se habían graduado y tenían un título universitario, es ahora algo normal para mí. De hecho, también tomé el paso, y a la mitad de mi primer semestre ya trabajaba en un restaurante.

La mayoría de la gente allí eran adultos quienes trabajaban para mantener a sus familias, pero también conocí a jóvenes; muchos estudiaban y otros no. Algunos necesitaban hacer dinero para pagar por sus libros o para salir los viernes en la noche. Igual a como me sucedió en el colegio comunitario, conocí inmigrantes indocumentados, ciudadanos americanos con hijos, y a personas de circunstancias distintas que nos hicieron ver las cosas de forma diferente a pesar de estar en la misma etapa en la vida. Sin embargo, a pesar de todo lo demás, compartíamos un sueño en común, y era claro del por qué estábamos allí. Añorábamos por algo mejor. Mi tiempo allí fue transitorio, como había planeado, y me enseñó no solo sobre el mundo laboral pero también sobre relaciones humanas y sobre los deseos que nos empujan a realizar lo que hacemos.

Hoy en día trabajo haciendo lo que amo, en perfecta armonía con lo que quiero hacer en el futuro cercano. Día a día mis pensamientos continúan profundizándose. Las personas con quienes trabajo también son jóvenes, y como yo, quieren alcanzar metas más y más altas.

Me doy cuenta ahora que el tren se está moviendo. Tres paradas más antes de que llegue a mi destino final. Termino con lo siguiente: si no estuviera segura de que Dios tiene grandes cosas en mente para mí, y más grandes de cualquier cosa que pudiera imaginarme; y si no tuviera fe de que cada nueva experiencia es un paso hacia algo mejor, cualquier obstáculo o golpe me haría dejarlo todo, y aunque algunas veces desfallezco, nunca caigo. Las puertas del tren están a punto de abrirse, la lluvia se detuvo, estoy llegando a mi destino.

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