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Trabajar sin renunciar jamás a los sueños

Cartas Vocacionales - Junio 2020.

Por Miriam Di Lello, Laica claretiana - Italia


Querida Familia Claretiana,


Intento compartir mi pensamiento y experiencia a la luz de la exhortación apostólica Christus Vivit números 268-273, con la esperanza que pueda servir de ayuda a otros jóvenes que se enfrentan con la realidad del trabajo.


Terminado mi recorrido universitario, me di cuenta de que frente a mí se abrían las puertas del mundo del trabajo. Recuerdo que el trinomio “jóvenes, trabajo, precarización” ya estaba muy en boga en esa época y era bastante desmoralizante.


Hoy tengo veintisiete años, casi seis de trabajo al hombro, cuatro profesiones completamente distintas las unas de las otras y, si hay algo que he comprendido, es que no obstante las varias dificultades, no nos podemos ni debemos conformar con el trabajo que nos toca porque, como dice el papa Francisco, “eso puede determinar la calidad y la cantidad del tiempo” del cual, en consecuencia, dependen muchas otras elecciones de nuestra vida; motivo por el que es necesario tener la valentía de elegir siempre conscientemente.


Creo que la primera vocación de cada uno de nosotros sea vivir y vivir de modo justo, o sea, amando. Somos llamados a amar a Dios, a los otros y a nosotros mismos todos los días. Por este motivo no podemos cometer el error de creer que el trabajo sea solamente un medio para obtener ganancia. Es un instrumento de crecimiento y dignificación del ser humano, así como una actividad por la cual podemos madurar una visión del mundo comunitaria y no individualista; porque generalmente no se trabaja solos, sino que estamos llamados a entrelazar relaciones con los otros, las cuales inevitablemente nos harán crecer a través del intercambio de ideas, malentendidos y ayuda mutua.



Personalmente, entre otras, he tenido modo de hacer dos experiencias laborales opuestas: en el primer caso, un empleo con una retribución decididamente buena para un joven que hace sus primeros pasos en la búsqueda de independencia económica, pero pagando un precio demasiado alto (jóvenes exprimidos hasta el extremo de sus propias fuerzas físicas y mentales); en el segundo caso, los años más bellos de mi vida laboral.


Comparando estas dos realidades puedo decir que hoy es impensable elegir una profesión basándonos solo en el salario: es cuando nos encontramos exactamente donde nos sentimos llamados a estar que nos hacemos capaces de cosas que nunca habríamos esperado de nosotros mismos.


Despertarse día tras día con una sonrisa, pensando que se nos apreciado por lo que somos y hacemos y pensando en lo mucho que estamos llamados a vivir, transmitir, crear, aprender, gracias a nuestro trabajo, no se compara ni en lo más mínimo con despertarse pensando “¿cuándo llegará la paga?”


Lamentablemente, la realidad no siempre coincide con lo que verdaderamente deseamos, pero una cosa es cierta: el trabajo es una necesidad que cubre una parte importante de nuestras jornadas y gastar toda la vida desarrollando una actividad a la cual no nos sentimos llamados a realizar es impensable y triste.



No podría terminar con mejores palabras que las utilizadas por el papa Francisco: “No siempre un joven tiene la posibilidad de decidir a qué cosa dedicar sus esfuerzos, […] pero no renuncies nunca a tus sueños, no sepultes nunca definitivamente una vocación, nunca te des por vencido. Continúa buscando siempre, como mínimo, modos parciales o imperfectos de vivir eso que en tu discernimiento reconoces como una auténtica vocación”.



¿Podrías ser llamado a una vocación de servir al pueblo de Dios como misionero? Visita www.myclaret.org para conocer más y ponte en contacto con un director vocacional quien con mucho gusto te acompañará en tu camino de discernimiento.



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