Mi camino a ser un Claretiano


por el P. Javier Reyes, CMF


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Tenía unos ocho años cuando un día después de la Misa dominical les dije a mis padres: "Quiero ser un sacerdote". ¡Fue una gran sorpresa para ellos! Nací y crecí en Valparaíso, Zacatecas, México en una familia trabajadora, mi padre era un trabajador de la construcción y mi madre una ama de casa. Yo fui el tercero de cinco hermanos. Desde pequeños se nos inculcó el valor de la fe y el trabajo duro. Como cualquier otro niño de la ciudad, todos los domingos asistía a Misa y la educación religiosa. Fui a la escuela pública, jugaba fútbol, bailaba y, a veces, mis padres me regañaban por mis travesuras. Insistí tanto en ir al seminario que cuando tenía quince años mis padres me permitieron ir al seminario diocesano. Pensaron que cambiaría de opinión en un par de meses y volvería a casa. Una vez que estuve allí, me apasioné por la misión y el ministerio sacerdotal. Estuve allí once años. Durante ese tiempo, enfrenté dudas y desafíos; esta vida no sería la misma sin momentos de prueba y dificultad. A la edad de veinticinco años, después de haber completado mi formación sacerdotal, dejé mi camino hacia el sacerdocio por algún tiempo. Pasé un tiempo con mi familia y en 2010 vine a los Estados Unidos, como tantos, después del “sueño americano”.


Poco después de llegar a los Estados Unidos, empecé a ser voluntario en la Iglesia San José en Addison, IL. Comencé a dar charlas a jóvenes adultos, ayudaba con la liturgia y acompañaba al sacerdote a programas de radio. Este sacerdote me pidió que reconsiderara nuevamente mi vocación sacerdotal. Estaba indeciso e inseguro. Fue en este momento cuando conocí a los claretianos, me enamoré de la comunidad y el trabajo de los misioneros, especialmente trabajando con la comunidad hispana, acompañamiento de inmigrantes y trabajando con jóvenes en la pastoral universitaria.



Hice votos perpetuos de castidad, obediencia y pobreza en agosto de 2016 y fui ordenado sacerdote en mayo de 2017. He estado haciendo la pastoral universitaria durante los últimos cinco años. Como misionero, he experimentado lo que uno de mis profesores me dijo en el salón de clase: “Nuestra primera tarea al acercarnos a otra gente y otra cultura es quitarnos los zapatos, porque el lugar al que nos acercamos es santo. De lo contrario, podemos encontrarnos pisoteando los sueños de otros". He aprendido que la experiencia, el contexto y la realidad de cada estudiante deben ser respetados y valorados, y que Dios está obrando de manera misteriosa y sorprendente. No me arrepiento de seguir este camino. Durante todos estos años, el Señor me ha mostrado que su amor y compasión son ilimitados. Como el Padre Antonio María Claret, me esfuerzo para que Dios sea conocido, servido y amado por todos.


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